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C A R T A

T R U S T  the  P R O C E S S 

2 de enero de 2023

Por Margo


Corramos un tupido velo para disimular lo sinvergüenza que soy, ¿va? Me retraso dos meses en publicar por aquí y resulta que ya estamos en el 2023. El culmen de mi demora crónica, sin duda.


Primera carta del año después de dos meses en los que no me ha apetecido pulsar ni una mísera tecla. Ni si quiera la del signo de exclamación para resaltar lo agobiada que me he sentido desde noviembre.


La motivación es un alimento necesario, un buen procesado para un correcto funcionamiento somático. Sin ella, ¿hacia dónde vamos si encima avanzamos a ciegas? Por ello, disculpad el parón.


Necesitaba encontrarla de nuevo entre las rendijas del sofá, enganchada en el tambor de la lavadora o en momentos de absoluto silencio en los que poder escarbar, libremente, entre los montículos de todo lo que pienso cuando es de noche.


De vuelta a casa en la madrugada del 1 de enero (no sé si es el verso de alguna canción, pero juraría que sí), le dije a una amiga: “Creo que ha sido una buena forma de entrar al nuevo año”. No sólo porque me lo pasé genial desde que puse un primer ‘tacón’ en la calle, sino porque haciendo balance y analizando mi cuenta de ‘PyG’, concluyo el 2022 y comienzo el 2023 con mucho por lo que sentirme agradecida.


Primeramente, por cruzar al 2023 con buena salud tras un mes de diciembre en el que casi me pongo yo la bata para pasar consulta.


Segundo, por conservar un trabajo que me permite afrontar unos gastos de un proyecto que, espero, dé sus frutos a lo largo de estos primeros meses del año.


Y, por supuesto, por contar con la compañía de personas (vitamina) a las que quiero mucho y que me han deleitado con divertidas anécdotas a las que recurrir cuando ‘tenga mono’ de reír.


A pesar de que se me ha pasado el año volando, si me pongo a reflexionar en todo lo acontecido en estos doce meses - doce causas de tormentos y alegrías -, alucino con todo lo que pueden dar de sí unos 365 días. Claro, así a veces nos viene todo un poco grande.


Me he reído mucho - como también su antítesis - y he hecho un exhaustivo ejercicio de autocuidado mental bajo la parábola de “Lo que no sirve, yo no lo reciclo” (San Benito, a.k.a, Bad Bunny).


Desde hace bastante tiempo, me prometí un 2023 lleno de calma. Un año exento de presiones innecesarias, sin (auto)exigencias, ni altas expectativas con nada ni con nadie.

No hay mejor práctica de 'Life Style' que dejar las cosas fluir siguiendo su propia cadencia, de tal modo que se posicionen en este inmenso tablero de piezas inicialmente desencajadas. 

Forzar las cosas es condenarnos por puro placer. Por ello, ‘trust the process’.


Fuera del ranking de los ‘top propósitos castizos que emocionaron a Steven Spielberg' -  ir a clases de inglés, sacarse el carné del coche o apuntarse al gym - , nuestros objetivos anuales deberían ser mucho más elementales y sencillos de aplicar a nuestro día a día.


Tal y como os he dicho al principio de esta carta, deberíamos practicar más la gratitud y no dar nada por sentado. Hay mucho por lo que dar las gracias desde que abrimos los ojos y afrontamos un nuevo día con aparente normalidad – presta atención a los primeros cinco minutos del telediario y entenderás a qué me refiero - hasta que nos metemos de nuevo en una cama mullida donde descansar bien y refugiarnos del frío.

¿Qué más? Pues, por ejemplo, ser más compasivos con nosotros mismos y aprender a hablarnos mejor. Qué culpa tendrá quien nos devuelve la mirada al otro lado del espejo, ¿cierto?


También dedicar un ratito de cada día a disfrutar con algunos de nuestros hobbies o aficiones. Una vez leí en un libro: “El trabajo que realizas cuando procrastinas, probablemente sea el trabajo que deberías hacer por el resto de tu vida”. Pues eso.


Y, por supuesto, regar y cuidar a las personas que nos riegan y nos cuidan. 'Hablar' es una capacidad cómoda y común a cualquiera. Mejor presta atención a los que se atreven a mover ficha con actos de valor, desde las demostraciones más placenteras y desinteresadas, a las acciones más dañinas y reveladoras.  De nuevo, repite conmigo la afirmación del día: “Lo que no sirve, yo no lo reciclo”.

Por mi parte, este año me propongo mantener un mood constante de ‘confident patience’: ‘everything is going to fall into place exactly when it should’ (haceos un favor y seguid a @wetheurban, por favor).  


Hay un componente de emoción intrínseco en lo inesperado. Como en una buena novela negra cuya historia nunca te da la razón a mitad del libro y que siempre te desencaja la mandíbula en sus últimas líneas. Y es que, ¿por qué quieres reunir todas las respuestas cuando aún vas por la mitad? ¿Cómo te van a divertir el resto de las páginas que te quedan hasta llegar al desenlace?


A veces nos atascamos en la angustiosa incertidumbre de lo que está por venir. Me recuerda a la tensión implícita al observar la trayectoria de los fuegos artificiales antes de romperse en el aire. Por ello, si te encuentres a la espera de un ruido molesto y ensordecedor, recuerda que siempre le sucederá una explosión de luz y color.

Os deseo un feliz comienzo de año y que todo lo que os propongáis en 2023 os haga crecer tanto que ya nada os venga grande. Por el momento, aprecia el libro que sostienes entre las manos y confía en que todas tus piezas encajarán en el preciso instante en que deban hacerlo.


Trust the process.

El resto de los propósitos me los adueño de un post que vi por Instagram de @wetheurban que siempre me sabe apuntar directo a los feelings:

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