top of page
Tezza-0806.JPG

C A R T A

18 de octubre de 2022

Por Margo

¿Recordáis el tren de la bruja? ¿Aquella atracción de feria en la que vas subido a un trenecito, atraviesas un túnel a oscuras y una bruja malvada te aguarda a la salida para asustarte a base de escobazos? A quien se le ocurriera tal idea, desde luego, tenía la mente más macabra y retorcida que George R.R. Martin y Quentin Tarantino juntos. O, simplemente, odiaba a los niños.


Con Halloween asomándose a la vuelta de la esquina con noviembre - como la bruja – el número de películas de terror se multiplica considerablemente y los escaparates de las tiendas de disfraces nos descubren una multitud de inverosímiles versiones de un manido traje de fantasma, monjas sanguinarias, calabazas ‘sexys’ – si pillas la referencia, podemos ser amigos – o brujas ataviadas con túnicas hasta los tobillos – quizá, un pelín más cortas - y  cuyo atuendo al completo incluye un grano escatológico de dimensiones desproporcionadas para adornar la punta de tu nariz.


Sin embargo, aunque todo este tipo de personajes logren erizarnos la piel cuando escuchamos historietas de campamento o cuando los vemos representados en la ficción, creo que todos tenemos miedos mucho más paralizadores que un tío con motosierra. O no. En fin, no sé. Quizá me haya excedido. A decir verdad, yo ni puedo escuchar la banda sonora de Jaws. Ese medio tiburón de plástico me deja más tensa que una cometa.


Va, os lo confieso. Uno de mis mayores miedos es "llegar tarde a todo". Curioso, porque peco de ser una persona un ‘tanto’ impuntual. Quedarme sin tiempo es, para mí, un auténtico veneno. Supongo que también es uno de los temores más generalizados y extendidos del mundo, ¿cierto?


Si bien hay personas que disfrutan de la cotidianidad - no lo digo con mala idea, en serio - viviendo cómodamente en la rutina y “poco más”, lo cierto es que la vida es eso… poco más: disfrutar de una caña a medio día, ir al dentista cuando toca, jugar al 'mirar y no tocar ' por los pasillos del supermercado o ir al gym en hora punta.


Admiro profusamente a aquellas personas que dejan ‘pasar los días’ con la parsimonia e insolencia de quien se cree que el tiempo se puede estirar tanto como una cara que se descuelga con los años - cuentan con el comodín del cirujano -. Aunque, bueno, ¿a qué hemos venido, si no?


El otro día recordé una de mis películas favoritas, 'Before Sunrise'. Por si no la habéis visto – sacrilegio - la trama nos muestra a dos jóvenes, Céline y Jesse, que se acaban de conocer en un tren, conectan y se enamoran en la capital austríaca. Porque, repito, ¿a qué hemos venido si no?


Los diálogos son fantásticos. Se describen conversaciones tan mundanas y corrientes, que seguro que tú también has mantenido esas líneas en tu boca alguna que otra vez. Evidentemente, con alguien que no se llama Julie Delpy (Céline) o Ethan Hawke (Jesse).


Aun cuando me digo que hay que dejarse llevar - porque la vida es conectar y recolectar nuevas experiencias con el entorno - me sigue dando auténtico pavor no llegar a tiempo a mis metas antes de “inserte aquí una cifra ridícula de dos dígitos”. ¿Y si ya es demasiado tarde? A veces se me olvida que cada uno lleva su propio reloj de muñeca. Seguro que así no se me harían bola tantos ratos a la semana.

En otro orden de cosas, aunque ya vas por la mitad de esta carta, pido disculpas por publicar esto a doce días del término del mes. Como os acabo de decir… casi me atraganto. Pero, “mejor tarde que nunca” y, tal y como avisé al principio, peco de ser un tanto impuntual.


Retomando el hilo de mi monólogo interior, me aterroriza quedarme estancada y que el tiempo siga corriendo. Acumular horas, días, semanas… y que todo siga igual. Mejor dicho: no invertir mi tiempo en actividades de provecho que me puedan acercar a mis objetivos. ¿Te pasa igual?


Ahora que se acerca el 31 de octubre, toca un simpático ejercicio de ‘truco o trato’ con nosotros mismos. El pasado 10 de octubre se celebró el 'Día Mundial de la Salud Mental' y es un alivio atestiguar como, poco a poco, nos tomamos más en serio la importancia de consolar y curar todo lo que llora en nuestra azotea. Porque ‘mens sana in corpore sano’.


Ser feliz es una cuestión mental y de actitud, sin duda. Para ello hay que aprender y desaprender ciertas rutinas dañinas que nos enturbian la vida. En contraposición, debemos aprender a disfrutar de sus tiempos, de su cadencia relajada y no concederle demasiada importancia a la bomba-contrarreloj que llevamos atada a la espalda. De este modo, depositaremos toda nuestra atención en los pequeños detalles por los que sí merece la pena bajar el ritmo


Eso no quita que decidas invertir todo el tiempo que tienes en actividades que te aporten un valor y alimenten tu propósito vital. Tal y como le escuché decir a Carmen Jedet: “Lo que no es para ti ni aunque te pongas y lo que es para ti, ni aunque te quites”.


A veces el truco está en pararse a mirar por la ventana. Contemplar más a menudo nuestro alrededor y permitirnos conectar con todo lo que vibre en nuestra misma frecuencia. Así, cuando lleguemos al final de la atracción y nos tengamos que bajar del tren, lograremos echar a la bruja a escobazos.

Ojalá tengas suerte y te bajes en Viena. Solo o acompañado. Aún estamos a tiempo de lograr muchas cosas antes de un nuevo amanecer.

bottom of page